La mesa estaba llena de hojas sueltas y desordenadas, y el ventanal cercano a la mesa se encontraba abierto, así que era cuestión de tiempo alcanzar la libertad. Como hoja en blanco que era, esperaba perder la virginidad (también conocida, en el idioma de las hojas en blanco, como blanquizidad) y que un día vertieran un montón de tinta sobre ella. Pero el problema era que se respetaba mucho a sí misma, era muy consciente de su valor y autenticidad, así que no quería entregar su blanquizidad a cualquiera: ella esperaba un príncipe azul que escribiera sobre ella un bello poema para la posteridad, o quizás un dibujante que hiciera un hermoso retrato de suaves y eróticas líneas, o un arquitecto que la convirtiera en todo un plano de un futuro museo, o tal vez un actor que hiciera de ella su esquema principal de diálogos, para recordarlos mejor en su interpretación shakespeariana. Está bien, no tenía muy claro lo que quería, pero sí que tenía muy claro lo que no quería: que el propietario de la casa en la que vivía la convirtiera en uno más de sus aburridísimos textos pseudopolíticos, todos ellos llenos de falacias y faltas de ortografía. Así que ahora que se había dejado el ventanal abierto tenía la esperanza de que una ráfaga de viento la liberara por completo de aquél malvado opresor. Y así fue, pues poco después llegó un fuerte golpe de viento que la llevó fuera de la casa, hasta que aterrizó cerca de un coche rojo. Con la emoción de haber salido libremente de aquel lugar no se había dado cuenta, pero poco después advirtió que muchas de sus hermanas hojas en blanco, con las que tanto tiempo había compartido en aquella desordenada mesa, también estaban volando libremente, para después caer gracilmente cerca de donde ella se encontraba. Empezó a pensar que la libertad de la que ahora disfrutaba era maravillosa y que un futuro se abría ante ella, un millón de posibilidades, de acontecimientos y aventuras que podían llegar a sucederle, ¡qué mágico parecía el mundo de la hoja en blanco libre, donde todo podía suceder! Pero poco le duró la alegría a la pobre hoja en blanco, ya que al cabo de escasos minutos un nuevo golpe de viento vino y se llevó aún más lejos a otras hojas en blanco. Hasta el momento se había sentido bien, pues se encontraba en la pequeña calle que tantas veces había visto a través de la ventana, conocía bien que coches aparcaban ahí y quienes eran los vecinos; pero lo de las otras hojas en blanco era diferente, se habían ido mucho más lejos. Y aquello la asustaba. Se sentía angustiada pensando los millones de lugares donde podía ir a parar con su recién adquiridaza libertad, todos ellos le parecían ahora llenos de peligros. Sentía muchos nervios y pensaba que quizás aquello de la libertad no era tan fantástico, que ser autor de tu propio destino y responsable de todas tus acciones en un mundo tan incierto era algo demasiado desconcertante. Así, como el miedo que le daba su recién adquirida libertad era considerable, sintió un gran alivio al ver que su antiguo amo salía del portal y la recogía junto a tantas otras hojas.
PD: Siento haber tardado tanto en actualizar mi blog, pero es que he estado varios días fuera de casa, visitando a familiares que viven lejos. Así que si a alguno/a le gusta leerme, no os preocupéis, que las actualizaciones serán más constantes; lo de la última semana ha sido la excepción y no la regla. Abrazos para todos.
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1 comentario:
Muy original el concepto de "blanquicidad". Me parece una reflexión llena de sentido del humor. Supongo que todos experimentamos cierto temor cuando tenemos que enfrentarnos a algo desconocido, como la pobre hoja abandonada en la calle.
Un placer leerte de nuevo. Saludos!
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