Suavemente, una mujer de rostro triste se mira al espejo y se arregla el pelo mientras piensa que entre tristezas y habitaciones iluminadas se suceden las horas; los instantes donde todo en tu vida parece cobrar un extraño sentido, y puedes palpar con la yema de los dedos una comprensión profunda, capaz de trasladarte a otro lugar, a la mente y al corazón de aquella extraña que camina por la calle, con la que se cruza tu mirada. Tiene el pelo ya arreglado, y sin saber porqué, pone las manos sobre su pecho, como si acariciara una delicada cortina que al viento ondea; y siente el aroma de emociones contenidas que se evaporan en el aire, confundiéndose con medias verdades escondidas. De repente cae sobre la cama que estaba cerca de ella, se curvan sus hombros, se agazapa y se encoje, mientras sus lágrimas caen. Y no puede evitar recordar, evocarlo todo, pasos ligeros, miradas pausadas, gestos sutiles…No sabe donde está, no sabría ni decir su nombre, sólo es consciente de la tristeza que la rodea y la ahoga. Intenta luchar contra ello, ahogar la tristeza y encerrar las lágrimas, sabe que su marido y unos invitados están en el salón, y que ha de ir ahí y mostrarse simpática. Se aclara la garganta, y se seca las lágrimas; se da cuenta de que está hecha un desastre. Va al tocador y se retoca el maquillaje. Después, suavemente y con el rostro aún entristecido, se mira al espejo y se arregla el pelo.
martes, 9 de septiembre de 2008
Las Horas
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1 comentario:
Bien escrito, Edmar. Me gustó... algo intrigante, ¿no?
Un abrazo,
Guarismo
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