Un hombre mayor, de unos cuarenta años, camina bajando una de las empinadísimas calles de la parte alta de Barcelona, la que está más lejos del mar; va muy formalmente vestido, lleva gafas, un traje gris y parece tener cara de desprecio y aburrimiento, de mal humor en general. Detrás de él camina un joven con el pelo muy corto, como máximo tendrá veinte años, viste de forma muy sencilla: unos pantalones vaqueros de un azul desgastado y una camiseta negra de Jimi Hendrix, en la que se ve una foto de su figura mientras toca la guitarra; al joven se le ve un tanto cansado (probablemente porque es pronto, por la mañana) y tiene una leve sonrisa, quizás ensoñadora, en el rostro.
El hombre del traje gris sigue caminando calle abajo, de repente ve una visera de un casco de moto tirada en medio de la calzada y empieza a darle patadas mientras desciende por la calle, trrrras trrras, la visera hace un ruido horrible al raspar con la acera tras cada patada del hombre; finalmente el hombre pega una última patada y gira a la derecha, hacia otra calle, dejando la visera suelta en medio del arcén. El joven de la leve sonrisa, que ha visto las patadas que propinaba el hombre a la visera, la recoge del suelo y la tira a la papelera más cercana.
Pocos minutos después, ese joven se detiene en su trayecto para contemplar la vista, está una de las zonas más altas de Barcelona, y desde ahí puede ver toda la ciudad, la montaña de Montjuïc, y, sobretodo, el mar, que es lo que más le gusta de la vista. El joven, mientras mira hacia al mar, piensa que ese es uno de los mejores momentos del día.
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1 comentario:
El mar, la mar. ¡Qué suerte tienes, canario (¿eres canario?) de tener la mar tan cerca, allí y aquí!
Si hay algo que echo de menos a diario, allá en lo más dentro de mi cuerpo, es la mar... el hombre del traje gris no sabe apreciarlo. Tú, sí.
Un abrazo,
Miguel
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